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Bolivia en recesión económica profunda, recuperación incierta

El país cierra dos años de contracción, con inflación de dos dígitos y reservas en mínimos históricos. El nuevo tipo de cambio flexible abre una transición necesaria, pero sin garantías de éxito.

Bolivia atraviesa la crisis económica estructural más severa de las últimas cuatro décadas. El Instituto Nacional de Estadística confirmó que el Producto Interno Bruto cayó 1,58% en 2025, un resultado alarmante que los organismos internacionales consideran apenas el preludio de un año todavía más duro. El Fondo Monetario Internacional proyecta una contracción de 3,3% para 2026, mientras el Banco Mundial calcula una caída de 3,2%. Ambas instituciones coinciden en un diagnóstico sin matices: el país será, con alta probabilidad, el único país de Sudamérica en recesión este año.

A ese cuadro recesivo se suma una inflación que erosiona el poder adquisitivo de las familias; una pérdida acumulada de entre 40% y 45% desde el inicio de la escasez de dólares en 2023, según estimaciones propias a partir de la inflación observada y el diferencial cambiario, con la misma intensidad con que castiga a las empresas. El país cerró 2025 con una inflación de 20%, el FMI proyecta que ese nivel podría subir hasta 20,7% en 2026. Cualquiera de los dos escenarios describe una economía atrapada en estanflación: la combinación simultánea de caída del producto y precios en alza sostenida, uno de los cuadros macroeconómicos más difíciles de revertir, porque los instrumentos de política que sirven para enfriar la inflación tienden a profundizar la recesión y viceversa.

                                

El origen de la crisis no es coyuntural, sino estructural, tiene nombre propio: el gas natural y la institucionalidad. La producción de hidrocarburos lleva casi una década en declive. Las exportaciones del sector se redujeron en más de 40% respecto de los niveles registrados diez años atrás. Ese deterioro golpea la principal fuente histórica de divisas del país (Corden & Neary, 1982), porque durante dos décadas la venta de gas sostuvo el ingreso de dólares que permitió financiar un tipo de cambio fijo, subsidios generalizados. La crisis institucional obedece a instituciones económicas extractivas (Acemoglu y Robinson, 2012) y a la ignorancia, la ideología y la inercia (Banerjee y Duflo, 2011) en la gestión de políticas públicas. Esa dimensión institucional y no solo el ciclo de precios del gas, será la que determine si el ajuste actual se convierte en una recuperación duradera o en un nuevo episodio de estabilización pasajera.

La consecuencia más visible de ese deterioro se refleja en las Reservas Internacionales Netas (RIN), el indicador que mejor resume la salud de una economía pequeña y abierta. En 2014, cuando el precio del gas alcanzaba máximos históricos, esas reservas llegaron a USD 15.122 millones. A inicios de 2026 habían caído hasta apenas USD 3.148 millones, una contracción cercana al 80% en poco más de una década. El nivel actual todavía resulta crítico para sostener con solvencia una economía.

El frente fiscal completa un diagnóstico igualmente preocupante.  El déficit fiscal heredado de la gestión anterior pudo haber superado el 15% del PIB de no mediar una corrección profunda de las cuentas públicas. Se proyecta ahora un déficit de 9% del PIB para el cierre de 2026, reducción que se explica sobre todo por la eliminación de subsidio a los combustibles, medida que representaba un costo fiscal cercano al 5% del PIB cada año. El ajuste macroeconómico tiene siempre una dimensión social que no puede ignorarse.


Bolivia puso fin a quince años de tipo de cambio fijo. El dólar oficial, congelado en Bs 6,96 desde 2011, pasó a cotizarse en Bs 9,73, una devaluación reconocida de casi 40% que busca cerrar la brecha con el mercado paralelo, donde la divisa había llegado a cotizarse hasta en Bs 20. Se trata, sin embargo, de una flotación administrada anclada al mercado mayorista donde el Banco Central determina cada día la cotización de referencia con base en las operaciones del sistema financiero. Esa distinción importa: el nuevo régimen corrige precios relativos y reduce distorsiones, pero no genera por sí mismo divisas adicionales, y su efecto inmediato se traslada con rapidez a los precios de alimentos importados, insumos industriales y bienes de capital. Por otra parte, encarece tanto la vida cotidiana de las familias como los costos de las empresas que dependen de insumos importados. En sentido inverso, quienes ahorraron en dólares ven ahora revalorizado su patrimonio en bolivianos, señal de que la devaluación reparte de forma desigual sus costos y beneficios.


Para sostener esta transición, el Gobierno recurrió a un financiamiento externo considerable. Desde noviembre de 2025 gestionó cerca de USD 8.000 millones provenientes de la CAF, el BID y Fonplata, y negocia además con el Fondo Monetario Internacional un programa de facilidades extendidas por entre USD 2.600 y 3.300 millones, sujeto a reformas estructurales adicionales. Estas presiones fiscales, cambiarias y de financiamiento externo se confirman al proyectar el comportamiento de la economía boliviana hacia el resto de la década.

Figura 1. Bolivia: Predicción económica de PIB y Actividad Económica Sectorial 2026-2030 (100=2017)


Nota. Predicción propia. Dataset Instituto Nacional de Estadística (INE)

La proyección económica para Bolivia 2026–2030 bajo los principales modelos econométricos y machine learning de predicción SARIMA, ETS, Prophet, Theta y un Ensemble convergen hacia tasas de crecimiento cercanas a cero. El ensemble estima un crecimiento en torno al 0,2%, con un intervalo de confianza al 95% cuyo límite superior apenas alcanza el 0,9%. Esto refleja el ingreso del país en una fase de estancamiento estructural, caracterizada por un ciclo económico en forma de L invertida, con bajo dinamismo y limitada capacidad de recuperación.

Los sectores más expuestos a esta desaceleración serán la construcción, el comercio y las actividades extractivas, que sentirán con mayor intensidad los efectos de la crisis. En consecuencia, se predice una recuperación incierta, cuyo ritmo dependerá de la gestión económica del Gobierno. Por su parte, el contexto internacional de máxima volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad hace prever que el shock de la guerra en Oriente Medio incremente el precio del petróleo, lo cual genera una doble presión; fiscal y cambiaria que termina siendo inflacionaria: en el frente fiscal, el país debe erogar más divisas para importar el mismo volumen de combustibles y la salida de más divisas implica mayor escasez de dólares, lo que presiona al tipo de cambio flexible y en consecuencia, puede derivar en una espiral inflacionaria.

En conclusión, el país enfrenta una encrucijada real: el diagnóstico técnico no admite dudas. Bolivia necesita disciplina fiscal, más divisas genuinas y seguridad jurídica para la inversión. Ninguna de esas condiciones será sostenible, sin embargo, si no se corrige el patrón institucional extractivista que ha guiado la gestión económica: se requiere una administración pública más técnica y menos ideologizada, con reglas predecibles que sobrevivan al ciclo político. El ajuste, además, necesita gestión social: su costo no puede recaer solo en los más vulnerables. La recesión es un hecho estadístico ya confirmado y podría convertirse en un estancamiento secular, con un ciclo económico en forma de L invertida. La recuperación, en cambio, es una posibilidad condicionada. Depende de decisiones que el país debe tomar ahora, no después. El tiempo, en economía, casi nunca perdona la indecisión.


 
 
 

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